Durante siglos, un texto claro y bien argumentado sirvió de prueba de que su autor sabía de qué hablaba. Hoy un modelo de IA escribe ese texto para cualquiera, de modo que esa prueba ya no vale para nadie, tampoco para los verdaderos expertos. Lo que la sustituye no se puede delegar: entender una afirmación hasta poder reformularla y contrastarla con una fuente ajena a su autor.
Lo que Sócrates le preguntó a Gorgias
En el diálogo Gorgias, de Platón, Sócrates plantea una pregunta al célebre maestro de retórica. Le pide que imagine a un orador que no sabe nada de medicina junto a un médico de verdad. Los dos hablan ante una multitud en la que nadie es médico. ¿Quién convence al público?
Gorgias admite que convence el orador. Con ello da por buena la conclusión de Sócrates. El pasaje está en la sección 459a, y más adelante le pediré que lo compruebe.
Han pasado unos 2400 años y el problema sigue sin resolverse. En lugar de resolverlo, se recurrió a un atajo. Un texto bien estructurado y bien argumentado pasó a considerarse prueba de la competencia de quien lo firmaba.
El atajo que sostenía la confianza
Se daba por hecho que quien escribía con soltura sabía de lo que hablaba y que, por tanto, lo que afirmaba era cierto. Ese atajo es lo que llamamos prestigio. Funcionaba mientras escribir bien costara años de esfuerzo.
Desde hace siglos, la sociedad se apoya en él. Sobre él se decide a quién se contrata y a quién se financia, quién ocupa un puesto en un consejo de administración y quién hace carrera política. Pesa incluso en el crédito que se da al comentario que alguien deja bajo una publicación en redes sociales.
Lo que cambia la IA en la credibilidad de un texto
Ese atajo ha dejado de funcionar. Un modelo de IA redacta para cualquiera, en segundos, un texto bien estructurado. Parecer creíble ya no exige años de trabajo, y por eso el atajo ya no indica nada.
Casi todo el mundo ve aquí un problema de fraude. A mi juicio, el daño es mayor: la IA no solo favorece a quien no puede respaldar lo que firma, sino que resta crédito a todos los demás.
Si la buena factura de un texto no dice nada del autor, todo texto bien hecho se vuelve sospechoso. Lo es incluso el de quien conoce de verdad la materia.
Quien dedicó veinte años a aprender a escribir con claridad ve cómo ese esfuerzo pierde su valor sin haber hecho nada malo.
Este artículo tampoco merece ese crédito
Redacto mis textos con ayuda de la IA, y este no es una excepción. Usted no tiene, por tanto, ningún motivo para atribuirme mérito por lo bien que se lea. Esa es justamente la tesis de este artículo.
Si la forma ya no prueba nada, tampoco prueba nada la de estas líneas. Lo que usted puede juzgar es lo que afirman. Para eso le daré, un poco más abajo, una manera de comprobarlo.
Dos pruebas que nadie puede hacer por usted
Lo que sustituye al prestigio es más lento, y no es opcional. Hay que juzgar lo que se dice con independencia de quién lo dice, porque la forma ya no revela nada sobre el autor. Quedan dos pruebas, y las dos exigen trabajo.
La primera prueba es la comprensión: ¿entiende usted lo que lee? No basta con reconocer una idea ni con dejarse convencer por su forma. Hay que entenderla lo bastante para explicarla con sus propias palabras a alguien que no está de acuerdo.
La segunda prueba es la corroboración. Basta con contrastar lo que se afirma con al menos una fuente distinta del propio autor. Por eso le he dado un número de sección: Platón, Gorgias, 459a.
Le invito a comprobarlo. Si he deformado lo que dice esa página, descarte todo lo que ha leído aquí.
No se trata de desconfiar de todo el mundo, sino de comprobar los hechos con sensatez y aplicar esas dos pruebas a cualquier texto, lo firme quien lo firme.
El fin del prestigio
Creo que estamos asistiendo al fin del prestigio. Es una buena noticia, aunque la vamos a vivir como algo agotador.
El prestigio nunca fue una medida de la verdad, sino un atajo. Nos permitía delegar nuestro juicio en quien parecía lo bastante convincente para pasar por experto. Además, premiaba a quien se expresaba bien.
También dejaba fuera a mucha gente: a quien tenía razón pero no se expresaba con elegancia, a quien escribía en una lengua que no era la suya o a quien no tenía un título.
Ese atajo está desapareciendo. Lo que viene después exige más a cada lector, porque no se puede delegar: hay que entender y comprobar las cosas por uno mismo.
Al lector sensato siempre le ha tocado vigilar lo que lee. La diferencia es que hasta ahora teníamos una excusa muy convincente para no hacerlo.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice el Gorgias de Platón sobre el saber y la persuasión?
En la sección 459a, Sócrates pregunta quién convence más a una multitud de profanos: un orador que no sabe medicina o un médico. Gorgias admite que convence más el orador. El diálogo separa así el arte de persuadir del conocimiento del asunto.
¿Por qué la IA hace menos fiable un texto bien escrito?
Porque la buena factura de un texto ya no dice nada de quien lo firma. Un modelo de IA la produce para cualquiera en segundos. La calidad de la redacción ha dejado de garantizar la competencia del autor.
¿Cómo comprobar una afirmación sin fiarse de quien la firma?
Primero, asegúrese de entenderla lo bastante para explicarla con sus palabras a alguien que discrepa. Después, contrástela con al menos una fuente que no sea el autor.